Garcia de la Huerta, Marcos2012-08-232012-08-232010Revista de la Academia, no. 15, 2010. p.167-17807171846http://bibliotecadigital.academia.cl/xmlui/handle/123456789/638Este artículo ensaya una respuesta a la cuestión ¿por qué Hannah Arendt, sabiendo que la fuerza es el expediente más antiguo al que han recurrido los hombres para dirimir sus conflictos, excluye la violencia de la política? Dicha exclusión no es de orden empírico. La tesis es que Arendt tiene como referente a Kant, pero cuidando de evitar la filosofía de la historia y toda otra carga metafísica. La epojé o puesta entre paréntesis de la violencia en su concepción de la política, evoca la búsqueda kantiana de las “condiciones de posibilidad” de abolición de la guerra. La experiencia del horror y la necesidad de conjurarlo, moviliza la reflexión de ambos. Si la teoría política incluyera el uso de la fuerza, la legitimaría, se anularía lo único que puede limitar el derecho de la fuerza y la única garantía de que las relaciones humanas no queden bajo el solo imperio de la violencia. En consecuencia, es indispensable definir un espacio de entendimiento y procedimientos que suspendan el uso de la fuerza y la deslegitimen. De otro modo, la guerra se convertiría, en vez de ultima ratio, en la única razón. La violencia no queda ignorada ni omitida sino tan solo puesta entre paréntesis, con vistas a deslindar la política respecto a la fuerza y la violencia. La guerra no sería, según eso, “la continuación de la política con otros medios” ni, a la inversa, la política una prolongación de la guerra. La concepción de Clausewitz se sostiene en la distinción entre medios y fines, que es válida en la actividad fabril, mas no en la acción, donde los medios empleados y los fines buscados, lejos de “continuarse” o prolongarse, se alteran cualitativamente los unos a los otros. En otras palabras, lo político posee una especificidad que esa distinción impide visibilizar.esARENDTPOLÍTICAPODERVIOLENCIAPERSUASIÓNOPINIÓNPersuasión, intimidación y violenciaArticle