UNIVERSIDAD DE UNIVERSIDAD DE ACADEMIA DE HUMANISMO CRISTIANO ESCUELA DE DANZA “DANZA Y EJERCICIO INTERPRETATIVO EN MOVILIZACIONES SOCIALES” Alumno: Lara Pinilla, Camila Profesor guía: Becar Ayala, Guillermo Tesis para optar al título de Intérprete en Danza Tesis para optar al grado Licenciada en Danza Santiago, 2021 2 Agradecer a mis maestros de Concepción, Juanita Toro, Reinaldo Araneda y Daniela Quiroga, que me guiaron y acompañaron en aquel que fue mi primer proceso formativo en danza. A mis maestros de Santiago, en especial a Yasna Vergara, Carolina Bravo y Víctor Vásquez por encantar este camino que poco a poco voy construyendo de mi danza. A Marisol Campillay y Guillermo Becar, que me dieron las directrices y acompañaron con su sabiduría y templanza a lo largo de esta investigación. A mis amigas de la danza, que más que compañeras son mis maestras en el quehacer dancístico, por su apoyo incondicional. A la familia Vega Pozas por permitirme cumplir desde el inicio este sueño que es dedicarme a estudiar lo que me apasiona en un país totalmente injusto. A mi familia, incluido mi Ringo, mi psicóloga y mi compañero Marcelo por la total contención en este proceso universitario, a veces caótico e incierto. Por su amor, por estar, por habitar aquí conmigo. 3 Tabla de contenidos Introducción ............................................................................................................. 4 1. Antecedentes .................................................................................................... 5 1.1 Escenario político y social en Chile en las últimas décadas .......................... 5 1.2 Danza, lenguaje no verbal .......................................................................... 8 1.3 Registros históricos de la danza vinculada a la política en Chile ............. 10 2. Planteamiento del problema ........................................................................... 12 2.1 Pregunta de Investigación ........................................................................ 15 2.2 Objetivos .................................................................................................. 15 3. Justificación .................................................................................................... 16 4. Marco Teórico ................................................................................................. 17 4.1 El lenguaje de la danza ................................................................................ 17 4.1.1 La práctica interpretativa en danza ........................................................ 19 4.2 Danza y política en Chile ............................................................................. 21 4.2.1 Historia de la danza en Chile ................................................................. 22 4.2.2 Políticas públicas ................................................................................... 28 4.2.3 Organizaciones sindicales y gremiales de la Danza .............................. 30 4.2.4 Profesionalización en danza .................................................................. 31 4.3 Cuerpo y danza en movilizaciones chilenas ................................................ 35 4.3.1 Performance en Chile ............................................................................ 35 4.3.2 Pasacalle andino y comparsas .............................................................. 38 5. Marco Metodológico ....................................................................................... 42 6. Análisis ........................................................................................................... 45 7. Conclusiones .................................................................................................. 60 Bibliografía ............................................................................................................ 63 Anexos .................................................................................................................. 68 4 Introducción El presente documento es el resultado de una investigación que surge desde la contingencia del movimiento político y social que ha irrumpido en las calles de Chile en las últimas dos décadas, donde no sólo se han unido cuerpos caminando, marchando por una causa en común, sino también han tenido lugar dentro de estas manifestaciones distintas expresiones artísticas, siendo del interés de este estudio, específicamente, la arista que aborda y vincula la danza con las movilizaciones sociales desde la perspectiva de la práctica interpretativa. La danza ha formado parte de la cotidianeidad del ser humano desde sus inicios, y dado su potencial expresivo y comunicador es parte de la subjetividad de este. Desde este lugar subjetivo y experiencial es que esta investigación tiene la necesidad de abordar las percepciones personales de intérpretes en el desarrollo de su ejercicio dancístico. Esto, además, en el marco de las diferentes posibilidades de profesionalización en danza que existen en Chile actualmente y las distintas perspectivas que esta propia experiencia ofrece. Sin embargo, la danza en tanto arte ha sido elevada a un lugar distante, lejos del cuerpo común, de modo que ¿qué ocurre cuando se devuelve a lo comunitario, lo público, la calle? y, sobre todo, ¿qué sucede desde lo interno, desde la experiencia interpretativa del propio bailarín en un espacio colectivo, dinámico, político como las marchas? Esta investigación es una invitación a adentrarse en el concepto de práctica interpretativa enmarcado en el contexto de manifestaciones sociales chilenas, lo que permitirá vislumbrar desde qué lugar se produce esta articulación y qué características históricas, biográficas, políticas y sociales tiene. 5 1. Antecedentes En el presente capítulo se abordarán los antecedentes de esta investigación, que permitirán dilucidar el escenario en que esta se enmarca. Para este fin se abarcará el contexto histórico y social de Chile en las últimas décadas, donde se inserta y desenvuelve la danza como lenguaje humano inequívoco. En consecuencia, del siguiente escrito se desprenderán: 1.1 Escenario político y social en Chile en las últimas décadas 1.2 Danza, lenguaje no verbal 1.3 Registros históricos de la danza vinculada a la política en Chile 1.1 Escenario político y social en Chile en las últimas décadas En las últimas décadas, el escenario social y político en Chile ha experimentado grandes tensiones. El descontento generalizado con un sistema neoliberal, cuyas políticas se encuentran lejos de responder a las necesidades y demandas básicas que exige la sociedad, y las consecuencias de una crisis económica que se ha expandido por todo el territorio latinoamericano (Parra, 2011), provocan un profundo y latente malestar en la población. No obstante, a pesar del descontento social, la participación política previo a los años 2000 es baja. El contexto político del país “se encuentra marcado por un profundo proceso de desmovilización social y política previa (1989-1999) resultado del proceso de transición a la democracia” (Aguilera Ruiz, 2012, p. 103). Este escenario de desmovilización a raíz del trauma de la dictadura reciente, en que el general de la población estaba desconforme, pero mostraba poca disposición a enfrentar el conflicto y a la participación política, abrió las puertas a un nuevo sector de acción compuesto por jóvenes. 6 Hasta entonces la participación de las y los jóvenes en la política había sido más bien distante. Autores como Arias-Cardona y Alvarado (2015), señalan en su investigación, que existía una apatía y desconfianza de parte de las juventudes hacia las instituciones, sus representantes políticos y el Gobierno, que les distanciaba de estos. No obstante, es a raíz de la desconfianza hacia las grandes entidades, que surgió un fenómeno de revitalización de las organizaciones sociales y el ejercicio político en comunidad (Sandoval, 2020) y comenzaron a gestarse nuevas instancias y lugares de acción colectiva, desde donde un sector importante de jóvenes se identifica y participa, en efecto y hasta el día de hoy, políticamente. De este modo, de la mano de las generaciones jóvenes de nuestro país, se desataron con fuerza los movimientos estudiantiles, que dieron el pie inicial para la restitución de la protesta social en las calles del país. Estas manifestaciones alcanzaron su cúspide con los secundarios en el 2006 y universitarios en el 2011, en la lucha por el mejoramiento del sistema educativo (Rifo, 2013). También tomaron lugar las marchas feministas, en particular la del “8M”, que comenzaron en el 2018 (Ponce, 2020), y el reciente estallido social del 18 de octubre de 2019 a raíz del alza de la tarifa del metro en Santiago (Torres, 2020). Es en estos encuentros en las calles que comienzan a observarse nuevos campos de acción desde donde las y los jóvenes manifiestan el descontento en masas. Sandoval (2020) les clasifica en tres tipos: acciones expresivas (performances), acciones de confrontación (paros, tomas de establecimientos y marchas) y acciones violentas (enfrentamientos directos con la fuerza policial y daños a la propiedad pública y privada). Respecto a las primeras, que son del interés directo de esta investigación, el mismo autor a raíz de un estudio cualitativo que realiza en estudiantes universitarios, deduce que: Los jóvenes valoran el aporte diversificador de estas actividades en las movilizaciones estudiantiles, y las consideran acciones capaces de convocar 7 a aquellos actores menos politizados. Pero también estas formas de acción se constituyen para los jóvenes en un puente que facilita el acercamiento entre sus demandas y el resto de la sociedad. Lo anterior, por dos razones fundamentales: primero, porque las acciones lúdicas y expresivas logran simplificar el mensaje político del movimiento, permitiéndoles comunicar mejor sus demandas y la convocatoria de sus actividades; y, segundo, porque este tipo de acciones establecen una conexión emotiva y vivencial con los demás integrantes de la sociedad, lo que posibilita que la ciudadanía alcance altos niveles de empatía con el movimiento. (Sandoval, 2020, p. 91). En este marco de acción expresiva aparece la danza como parte de las movilizaciones sociales. Abeleida (2017) destaca entre ellas los pasacalles característicos como el Tinku, danza andina boliviana, el Chin chin tirapié y las danzas de carácter ritual que aluden a las fuerzas ancestrales. Otro fenómeno visto en marchas y que estudian los autores Ponce y Miranda (2016) son los flash-mobs, que fueron populares en las manifestaciones estudiantiles del 2011, donde rápidamente se organizaba una aglomeración de personas interviniendo con bailes el espacio público. De manera similar, a través de la convocatoria y la viralización por redes sociales, la performance “Un violador en tu camino” de Las Tesis, ha operado en marchas a través de una coreografía estructurada entorno a la letra de la canción, a propósito del movimiento feminista (Bacci, 2020). En general, la tónica de estas acciones performativas es la colectividad y la visibilización de un mensaje político, como acotaba más arriba la cita de Sandoval. 8 1.2 Danza, lenguaje no verbal Como se ha descrito hasta ahora, la danza ha tenido lugar en las movilizaciones sociales del último tiempo en diversas expresiones y estilos, pero siempre con el mismo propósito de comunicar el mensaje y el sentir de un sector políticamente activo. Y no es al azar que este elemento de acción expresiva aparezca tan fuertemente visible y convoque a tantos manifestantes en cada marcha a lo largo del país. Esto sucede porque su rol comunicador dentro del espectro del lenguaje no verbal, no sólo es efectivo, sino que también es universal. En relación con esta mirada de la danza como lenguaje, bien dice una de sus mayores exponentes, Mary Wigman (1963/2002): La danza es un lenguaje vivo que habla del hombre -un mensaje artístico que se lanza más allá de la realidad a fin de hablar, por así decirlo, a un nivel más elevado, con imágenes y alegorías, de las emociones más íntimas del hombre y de su necesidad de comunicar. Porque el hombre es a la vez emisor e intermediario, ya que el medio de expresión es el cuerpo humano. (p. 17) De este nivel más elevado de las emociones al que se refiere Wigman, agrega Artaud (1938/1978) que hay pensamientos que escapan del plano del lenguaje escrito-hablado, que no se pueden expresar en palabras y que sólo encontrarán su expresión ideal en el gesto, en el lenguaje físico corporal materializado en el espacio. Si hablamos de la danza como lenguaje, por consecuencia su pieza elemental, que vendría siendo el idioma, es la emoción, como anticipaba Wigman. A esto hace referencia Le Breton (2010), y aclara que la emoción es un lenguaje universal, o 9 más bien una construcción social de códigos universales, que el artista intérprete traduce y visualiza en su cuerpo, a través del movimiento, dotando de sentido el mensaje y conectando con el espectador, de manera que éste lo comprenda. Sin embargo, esta traducción de la emoción en el cuerpo debe realizarse también con cautela, honrando el significado universal de este, suma Wigman (1963/2002, p. 18), “sin poner en peligro la validez de su mensaje”, de manera que no se obtengan arbitrariedades de la interpretación del bailarín y que la tierra no sea cielo si quiere realmente significar tierra (Wigman, 1963/2002). Para efectos de esto último, entran en juego elementos configuradores del movimiento que agudizan la práctica interpretativa. Laban (1950/1987) estudia estos y habla de tiempo, energía y espacio como cualidades fundamentales creadoras de danza, que definen de manera más específica la emoción contenida en el movimiento a ojos del espectador. Agrega precisamente que el bailarín intérprete deberá dominarlos en sus distintas conjunciones, a fin de conseguir una interpretación armoniosa que logre comunicar el mensaje efectivamente y conectar con el espectador desde la emoción transmitida. Finalmente, el mismo autor completa esta idea señalando que “el actor, el bailarín, el mimo, cuyo trabajo consiste en transmitir pensamientos, sentimientos y experiencias por medio de acciones corporales, no tiene sólo que conseguir dominar estos patrones sino también llegar a entender su significado.” (p.130), por lo que se consideran necesarias la reflexión y detención sobre el análisis del movimiento que compondrá la práctica interpretativa, a fin de que el mensaje sea correctamente incorporado en la o el intérprete y, por tanto, efectivamente transmitido al espectador, como se señaló anteriormente, pues “el movimiento puede decir más, a pesar de su brevedad, que páginas enteras de descripción verbal” (Laban, 1950/1987, p. 157). 10 1.3 Registros históricos de la danza vinculada a la política en Chile De esta manera, la danza constituye, en tanto es lenguaje, un medio de expresión de aquello más profundo del ser humano, que remite a sí mismo como fuente de representación (Wigman, 1963/2002). Es por esto que, incluso en nuestro país, la danza ya se ha manifestado en el campo de acción social y política, como podemos apreciar en la historia con la gran huella que dejó la danza social de Joan Turner, quien, como describe María José Cifuentes (2007), llevó su Ballet Popular a las poblaciones, compartiendo con quienes vivían allí en instancias de talleres y formando incluso compañías, lo que permitió extender el rol del bailarín más allá de lo bello del arte, llevándole a participar activamente como actor social. La danza en Chile comenzó a apropiarse del contexto en el que estaba inserta, abordando la temática de la lucha social de los años ‘80. Como relata Cifuentes (2007), fue Manuela Bunster, hija de Joan Turner y Patricio Bunster, quien con su grupo Calaucán utilizó la danza en las manifestaciones sociales de ese entonces, como grito de protesta en contra del mandato de la dictadura. El compromiso de la danza con la sociedad se hizo evidente en esta época, fenómeno que la misma autora describe como “La danza de los ochenta dialogó con la sociedad, acompañando las ideas de cambio. Se insertó finalmente el bailarín como un actor social, el cual buscó no solo mostrar la realidad sino también mejorarla.” (Cifuentes, 2007, p. 208) No obstante, no toda la comunidad de bailarines adhirió a la lucha social, en su mayoría por temor a la persecución política, y junto a la disolución de compañías por falta de financiamiento o conflicto de intereses, la danza tomó un rumbo más bien independiente, dejando atrás su sentido necesariamente social y de protesta que había adquirido (Cifuentes, 2007). Es en este escenario donde adquiere especial relevancia para la presente investigación, la participación de las y los estudiantes intérpretes de danza. Como 11 se expuso anteriormente, a través de la relación de la emoción, su traducción en el cuerpo y la conexión con el espectador, se constituye la práctica interpretativa, pues son estos elementos los que componen el lenguaje comunicativo de la danza misma. Sin embargo, también existe un factor externo a estudiar que sin duda modifica la manera en que se relacionan los componentes antes mencionados y por tanto la práctica del intérprete. Este factor se trata del contexto, que en el caso de esta investigación obedece a las movilizaciones sociales. En definitiva, son estos tres ejes los que estructura los antecedentes de la presente investigación: a) Movilizaciones sociales b) Lenguaje de la danza c) Bailarín como actor social Esto permite vislumbrar el contexto social en que ocurren estas movilizaciones, los sujetos activos políticamente en este escenario, y los tipos de manifestaciones que tienen lugar en las protestas en Chile en las últimas décadas, entre los que danza y performance ocupan un lugar importante como herramientas de acción expresiva del mensaje político que se quiere transmitir. 12 2. Planteamiento del problema El fenómeno de las movilizaciones sociales y el ingreso a la política de un nuevo sector comprendido por jóvenes universitarios configuran el panorama social en Chile durante las últimas décadas. En este escenario, que es históricamente reciente, surge la necesidad de implementar nuevos campos de acción y visibilización, tal como quedó expreso en los antecedentes de este escrito, entre los que se encuentra la danza como herramienta de expresión y transmisión del mensaje político (Sandoval, 2020). Desde este punto de vista, no resulta sorprendente que el estudio cualitativo llevado a cabo por Sandoval (2020), al que se ha hecho referencia en los antecedentes de esta investigación, arrojara como resultado que las y los jóvenes universitarios encuestados en el contexto de manifestaciones sociales, perciben las performances de danza realizadas en estas, como una herramienta de construcción de comunidad, de convocatoria y de conexión emotiva donde confluye, además, el mensaje político simplificado en el cuerpo. Por tanto, se fundamenta el lugar que tienen las manifestaciones artísticas en este ejercer político que son las movilizaciones. Es cierto que existen investigaciones teóricas que permiten posicionar la danza como lenguaje expresivo (Laban, Le Breton, Wigman), no obstante, la comunicación efectiva de su mensaje ¿funciona de la misma manera en sus diversos y posibles escenarios? esto considerando que una marcha es más bien un espacio itinerante, en continuo movimiento por las calles y avenidas de la ciudad, y en este mismo sentido, ¿podrá un espectador que sólo le observa de paso, en un instante comprender a qué refiere su mensaje? ¿es esta su finalidad o más bien obedece al mundo interno del bailarín intérprete en su necesidad expresiva? 13 Lo que queda en evidencia es la articulación existente entre danza y política, como lo demuestran las referencias históricas de los años 80 en nuestro país, donde la danza participaba de campañas políticas de manera sectorizada, acompañando a un sector de izquierda que se resistía a la dictadura y se rebelaba en contra de los crímenes cometidos por esta y sus organizaciones, como lo demuestra Patricio Bunster en Basta (Aste et al., 2009). En todo caso, ya son cincuenta años desde la danza social de Joan Turner y el Ballet Popular, o cuarenta desde las performances de los años 80 (Cifuentes, 2007), que sentaron las bases para plantear la danza como expresión política. Mas el fenómeno de las expresiones dancísticas que se da en las marchas de las últimas décadas obedece a un aspecto histórico y social reciente de carácter transformador, distinto del de los 80 en que el enemigo era un dictador y el propósito la búsqueda de la democracia; ahora más bien se enfrenta a todo un sistema privatizado y mercantilizado que se ha erigido como herencia de aquella dictadura, a través de la Constitución legada de entonces, y a una red de instituciones y personajes políticos que se han caracterizado por traicionar los intereses del pueblo, engrandeciendo a un sector privilegiado (Pichel, 2019). De la misma manera, en la danza han aparecido nuevas expresiones en el contexto a analizar, comprendiendo actualmente fenómenos como el flash-mob o la reivindicación de las danzas andinas y tribales, entre otras expresiones performáticas que se han abierto lugar en un escenario donde operan nuevas generaciones políticas, acciones represivas distintas a las de la época de dictadura, además de la inserción de nuevos medios tecnológicos, como las redes sociales, donde se difunde rápidamente información. En consecuencia, en este actual escenario se incorporan elementos configurativos que analizar, distintos al panorama ya vivido en los años 70 y 80, desde donde reflexionar el accionar político de la danza y su práctica interpretativa. 14 Cabe preguntarse, entonces, cómo puede la práctica interpretativa de bailarines vincularse efectivamente con un escenario que, a diferencia de las salas de teatro, es dinámico, posee una carga emotiva propia de la lucha social, presenta agentes externos, espectadores pasivos y también activos en su participación, existen otras acciones expresivas pertenecientes a otras disciplinas, a la vez que el peligro de la acción represiva y violenta es una constante amenaza; todas estas características de las manifestaciones sociales de las últimas décadas. ¿De qué manera este contexto afecta la práctica del intérprete bailarín? ¿Cómo involucra su práctica, además, con su proceso formativo universitario y las herramientas que de él ha obtenido? Por último, en este nuevo contexto con carga social y política surge la necesidad de investigar estas preguntas que remiten finalmente a cómo se vincula la práctica interpretativa de las y los bailarines, en base a su proceso formativo universitario, con las movilizaciones que han ocurrido sobre todo en las últimas décadas en Chile, analizando desde dónde surgen estos vínculos, cuáles son los nexos que les unen y de qué manera sucede la práctica interpretativa en este actual contexto con sus respectivos efectos, a fin de plantear esta reflexión sobre el lugar de la danza en el accionar político y reivindicar, por tanto, el compromiso político de ésta con la comunidad. 15 2.1 Pregunta de Investigación ¿De qué manera la práctica interpretativa de bailarines, en reflexión a su proceso formativo profesional, se ha vinculado a las movilizaciones sociales ocurridas en Chile durante las últimas dos décadas? 2.2 Objetivos Objetivo General: Analizar la manera en que la práctica interpretativa de bailarines, en reflexión a su proceso formativo profesional, se ha vinculado a las movilizaciones sociales ocurridas en Chile durante las últimas dos décadas. Objetivos Específicos: • Comprender los elementos que componen la práctica interpretativa de danza • Caracterizar los espacios formativos que instituyen a un profesional en danza en Chile • Identificar la práctica interpretativa en el contexto de las movilizaciones sociales ocurridas en Chile en las últimas dos décadas • Vincular la práctica interpretativa con las y los bailarines que reflexionan en torno a su proceso formativo profesional, en el marco de las movilizaciones sociales 16 3. Justificación En este escenario de movilizaciones sociales ocurridas en las últimas dos décadas en Chile, la danza encuentra su lugar de acción dentro de las formas expresivas empleadas por las y los jóvenes movilizados. La presente investigación pretende aportar a la danza, mediante la observación de este fenómeno contemporáneo en que práctica interpretativa, bailarines intérpretes y movilizaciones sociales se vinculan. Esta observación permitirá establecer una lectura de esos lugares de articulación, a fin de comprender desde dónde es que se genera el encuentro, cómo ocurren estas dinámicas, de qué manera se modifica la práctica interpretativa, y si es posible determinar que se trate de una nueva arista en el ejercicio de la danza que requiera, por ejemplo, nuevos espacios de reunión. Por otra parte, el carácter de esta investigación abordada desde la danza contribuye a la reivindicación del compromiso político del arte con la sociedad. Esto es a través del reconocimiento de la posición del arte en las manifestaciones y, por tanto, en la cultura, y de su extensión a la comunidad, desde las posibilidades de intervención de la danza en espacios movilizados, en tanto es herramienta para replicar y comunicar un lugar de encuentro entre el conocimiento sensible y el conocimiento intelectual (Moraza, 2007) impresos y expresos en el cuerpo, y entendiendo el poder discursivo también de la práctica misma hacia un otro. A lo anterior es pertinente agregar, además, el aspecto de democratización del arte al salir de la industria de producción y re- componerse en un laboratorio callejero y comunitario, desde donde esta investigación contribuirá, a partir de la lectura de la propia experiencia de las y los estudiantes de danza en su práctica interpretativa, a la integración efectiva del arte en este escenario de movilizaciones sociales contemporáneas. 17 4. Marco Teórico 4.1 El lenguaje de la danza En Emociones y Lenguaje en Educación y Política, Humberto Maturana (1988) se remonta al origen del humano para identificar aquello que nos distingue de los animales. Propone que eso que nos diferencia no es la complejización de las técnicas de manipulación de objetos ni el descubrimiento del fuego, sino más bien el lenguaje y su relación con las emociones; cómo el lenguaje se origina en una serie de acciones coordinadas entre dos o más humanos, a las que Maturana se refiere como “coordinaciones conductuales consensuales”. El lenguaje como fenómeno, como un operar del observador, no tiene lugar en la cabeza, ni consiste en un conjunto de reglas, sino que tiene lugar en el espacio de relaciones y pertenece al ámbito de las coordinaciones de acción como un modo de fluir en ellas (...) (Maturana, 1988, p. 11). Cuando ocurre esta coordinación de acciones entre seres humanos, sobreviene el fenómeno que el autor define como “lenguajear”, lo que da lugar a una comunicación efectiva que reflexiona sobre sí y lo que nos sucede: sobre la realidad. El lenguaje determina la realidad misma. Pérez Soto (2008) habla de que es el lenguaje el que determina al sujeto y permite que le diferenciemos y distingamos como tal, como Pedro y no como Juan, y a raíz de esta distinción entre sujetos y entre objetos (significantes) es posible integrar mentalmente el significado correspondiente a cada uno de estos. Maturana (1988) agrega que “la operación que da origen a la autoconciencia tiene que ver con la reflexión en la distinción del 18 que distingue (...)” (p. 11). El humano es capaz de reconocerse a sí mismo, a los otros y a los objetos y sus significados a través de la diferencia. En el cuerpo se observa la comunicación, dice Maturana (1988), y Pérez Soto (2008) complementa esto señalando al cuerpo como el soporte donde ocurre, en efecto, la comunicación, a través de su expresión en el movimiento. “El movimiento es el elemento significante, el cuerpo es el soporte en que esos significantes operan, al servicio (o no) de determinados Significados” (Pérez Soto, 2008, p. 147). No existe movimiento en el cuerpo humano que corresponda a un significado en particular, sino que éste (su significado) es más bien fruto del consenso social del que habla Maturana. Los movimientos por sí mismos no significan nada (Pérez Soto, 2008). El lenguaje es movimiento: movimiento de laringe, de lengua, de rostro, de gestos expresados en el cuerpo, y en tanto nuestra realidad, como se señaló antes, está constituida por lenguaje, también lo está por el movimiento. Y si el lenguaje es movimiento, por consecuencia aparece en él la danza. Habitamos en el lenguaje de una manera radical, es lo que somos, es todo lo que es. Y así ocurre también que no sólo la danza es un lenguaje, sino que, de manera mucho más profunda, el lenguaje no es sino danza: movimientos de cuerpos humanos en que es posible distinguir coreógrafos, intérpretes y públicos. (Pérez Soto, 2008, p. 155) Bajo las premisas de Maturana y Pérez Soto, entonces, el lenguaje de la danza opera a través de la diferenciación entre movimientos, reconociendo en las relaciones que integran a unos con otros los significados que contiene. No obstante, Pérez Soto (2008) también señala que, dependiendo de la o el coreógrafo, no siempre ni necesariamente existirá un mensaje que traducir ni este será el fin de la 19 obra. Dependerá del consenso social y de la codificación a través de la emoción contenida en la comunicación, de la que habla Maturana, que tanto intérprete como espectador convengan lenguajear. 4.1.1 La práctica interpretativa en danza En el rubro de las artes escénicas, la interpretación habita en constante metamorfosis, adaptándose a los requerimientos de cada especialización (teatro, danza, música). Por esto, su definición es más bien compleja, y hay que tener en consideración y cuidado con la mirada desde dónde se le da lectura. No será lo mismo la práctica interpretativa de un estudiante de teatro, que la de un estudiante de danza, si bien en ambos existe la construcción de un ser emotivo, personaje u objeto, distinto a la identidad individual (Le Breton, 2010). Incluso dentro de la misma danza es posible que esta práctica varíe, por ejemplo, de acuerdo al contexto, como sugiere esta investigación. Sin embargo, luego de realizar una lectura de textos cercanos a la experiencia de la danza, ha sido posible identificar que: a) La emoción es el idioma de la interpretación Le Breton (2010) se refiere a la emoción como una construcción social que emplea códigos y signos que los seres humanos usamos para nuestra comunicación, que se expresa a través de una simbólica corporal. Habla de la emoción como un lenguaje universal desde donde el artista intérprete conecta con el espectador, haciendo sentido mediante su traducción y visualización en el cuerpo. Molina (2015) enfatiza esta idea añadiendo que “la emoción es siempre comunicación y se traduce en signos culturales que son posibles de interpretar pues revelan una simbólica social que está inserta en la comunicación colectiva” y que “podemos comunicarnos entre personas sólo a partir de los signos corporales que expresan emociones, aun cuando seamos de diferentes culturas” (p. 102). Respecto a la simbólica corporal de la emoción, Laban (1987) agrega que los sentimientos y pensamientos en la práctica de la interpretación, se expresan de manera exclusivamente visibles, “como si fuera quedando escrita en el aire con los 20 movimientos del cuerpo del intérprete” (p. 22). Por tanto, la emoción es el lenguaje del cuerpo, que se expresa y comunica a través del movimiento, y constituye de esta manera la práctica interpretativa. b) El cuerpo es instrumento de comunicación “La danza, expresión ancestral de la realidad y acontecer de la sociedad humana se ha caracterizado como un arte que busca expresar el mundo percibido a través del cuerpo y la corporalidad” (Molina, 2015, p.103). Si la emoción es el idioma que utiliza el intérprete, el cuerpo es su herramienta de comunicación y transmisión del mensaje. Respecto a esto Laban (1987) señala que “el movimiento revela muchas cosas diferentes (....) Sus formas y ritmos señalan la actitud de la persona que realiza el movimiento, en una situación determinada.” (p. 13), estableciendo, además, un enlace de la práctica interpretativa con su contexto. Para realizar esto, agrega también, el intérprete debe trabajar armoniosamente su cuerpo en tanto es su herramienta expresiva, la cual le permitirá transmitir con mayor virtuosismo su mensaje y cumplir de esta manera su objetivo de comunicarse con el público. Respecto a esto último, Le Breton (2002) señala que es el acercamiento al cuerpo y la integración del movimiento, en un mundo acostumbrado al ocultamiento del espacio sensorial, el trabajo que le permite al intérprete integrar el desarrollo de una existencia plena, de lo que se desprenden mejores prácticas, ya no de borramiento de uno mismo sino de reconocimiento, entendido como canal comunicativo en que fluyen las relaciones con un otro. c) Sobre el contexto y la relación con otros cuerpos Le Breton (2010) define la danza como un matrimonio entre cuerpo y espacio y de esta dice que “inventa el espacio en que se produce, lo hace visible, y simultáneamente es determinado por este” (p. 98), puesto que es en el espacio donde completa su imagen (y viceversa) y queda impregnada en el espectador. “Un carácter, un clima, un estado de ánimo o una situación, jamás podrán ser mostrados en escena, y en forma efectiva, sin hacer uso del movimiento, y su inherente 21 expresividad” agrega Laban (1987) y luego detalla sobre otro factor externo de suma importancia para la interpretación, que es la intervención de otros intérpretes en escena y la manera en que intervienen estas relaciones, entendiendo que esta interacción modificará ineludiblemente los movimientos de cada intérprete desde el moverse con el colectivo y no de forma individual, sea esto un contacto de conflicto, como una pelea, de afición, como un abrazo, un baile o una conversación. Es así como contexto e interacción con otros cuerpos constituyen también parte de la práctica interpretativa y modifican su actuar. En definitiva, la práctica interpretativa habla el idioma de las emociones y el instrumento portador y decodificador de este lenguaje es el cuerpo, posicionado en un contexto, que busca transmitir de manera efectiva un mensaje a su espectador. Como señala Le Breton respecto a la interpretación, esta “remite a la comunicación social”. 4.2 Danza y política en Chile En un mundo en que el capitalismo se encuentra profundamente arraigado y normalizado, y que no sólo acepta que esto así sea, sino que también replica sus métodos de represión, lo subversivo, de acuerdo a Pérez Soto (2008), recae en lo humano, en la belleza de lo sensible. Es en la democratización del arte puesto EN el pueblo, CON el pueblo, ya no desde la distancia del “para ellos” o “frente a ellos”, donde se hace política y se devuelve lo humano. Gracias al mercado y su demanda, el arte ha perdido su legitimidad, pues sólo es visto como símbolo de poder en el contexto mismo que sirve al capital y a la diferenciación social, como un producto banal, sumiso y de agrado. Sin embargo, a pesar de esta desvirtuación, el potencial de reivindicar al arte sigue ahí, en los gremios de artistas. La tarea del arte ahora es “que reivindique la autonomía real del ciudadano frente al paternalismo, la hipocresía amable y la falsa comunión que 22 ofrecen los poderes dominantes” (Pérez Soto, 2008, p. 204), en consecuencia, devolverle la humanidad al humano, su consciencia y sensibilidad. “En la medida en que la conexión entre liberación, placer y corporalidad está en el núcleo de este arte político, el arte de la danza puede y debe estar en el centro” (Pérez Soto, 2008, p. 204). Mas no una danza que replique las falencias y heridas que ha dejado este sistema, sino una danza que se inmiscuya en todos los cuerpos, que sienta profundamente todas las emociones, que critique los cánones impuestos y revele en sí misma las reflexiones de una sociedad conocida desde adentro. 4.2.1 Historia de la danza en Chile Para entender desde dónde surge el vínculo de la danza y la política en nuestro país, es necesario re-conocer gran parte de la historia de esta misma en Chile en relación con el contexto social en que se desenvolvía, considerando que los registros que existen de esta responden principalmente al desarrollo de técnicas clásica, moderna, contemporánea, y no a expresiones culturales ni étnicas. Así, la historia de la danza en Chile está marcada inicialmente por la censura católica sobre los espectáculos que provocó, entre otras cosas, que las bailarinas del ballet clásico tuviesen que alargar el tutú hasta los tobillos (Pérez Soto, 2009), lo que sumado a que las obras sólo eran presentadas en teatros lujosos para la élite, determinó que el desarrollo y auge de la danza en Chile fuera más bien tardío. Hurtado (2016), señala como primer hito de la historia de la danza en el país, la llegada en 1940 de la compañía de Kurt Joss con la obra La Mesa Verde, precisamente de carácter político y social, “que despliega una fuerte crítica hacia la guerra y el rol de la Liga de las Naciones” (Hurtado, 2006, p. 1), fue crucial, pues tres de sus bailarines, Ernst Uthoff, Lola Botka y Rudolf Pescht se quedaron en Chile para conformar la primera Escuela de Danza en 1941 y el Ballet Nacional Chileno (BANCH) en 1945. De aquí surgieron las primeras generaciones de bailarines 23 profesionales, entre quienes se encontraban Malucha Solari, Patricio Bunster y Octavio Cintolesi (Pérez Soto, 2009). El último de ellos, al regreso de un viaje a Europa donde continuó estudiando la línea clásica, fue quien dio origen al Ballet de Arte Moderno (BAM) en 1959 y junto al BANCH comenzaron a considerar la necesidad de explorar un lenguaje de danza propio nacional con mayor implicancia social, dada la brecha que existía en el acceso a la danza entre la élite y el público popular y que cada vez era más evidente (Hubner, 2010). Entre los años 1965 y 1973, las directrices de la danza en Chile siguieron una línea más bien moderna y clásica, mientras en la política, el sector de izquierda ascendió en popularidad con la campaña presidencial de Salvador Allende. La idea de promover la cultura e incluir al sector obrero en el proceso creativo fue defendida por la danza social del Ballet Popular de Joan Turner y Alfonso Unanue, quienes integraron este discurso político en las creaciones de esta compañía de los años 70, que iba de gira en una micro a presentarse a las poblaciones (Cifuentes, 2007, p.4). Como relata la misma Joan en Alcaíno y Hurtado (2010), “el ballet popular trabajaba en la cosa política, en toda la campaña electoral de Salvador Allende. Bailábamos en canchas de fútbol, en centros de madres, en cualquier parte (...)” (p. 28). Por otra parte, pero siguiendo la misma línea social, en 1971 Ricardo Palma y el Ballet Folklórico Pucará crearon la que hasta ahora ha sido la obra coreográfica más representada y exitosa de Chile: la Cantata Santa María de Iquique, inspirada en la matanza que tuvo lugar en la Escuela Santa María en 1907, e interpretada musicalmente por Quilapayún (Soto, 2009) Sin embargo, la dictadura militar de 1973 provocó el cierre de instituciones y, por ende, la precarización de los espacios de danza, lo que remeció a las compañías y al sector escénico en general. Además, varios de los bailarines fueron exiliados, Patricio Bunster entre ellos, otros se retiraron y el Ballet Popular se deshizo. “Mientras en la danza oficial, en el Teatro Municipal imperó el ballet clásico más decorativo, y en el Ballet Nacional, despoblado por el exilio y el miedo, imperó simplemente la pobreza temática y productiva (...)” (Pérez Soto, 2009, p. 25). 24 Entonces, la danza en Chile acogió un rumbo independiente y comenzaron a formarse pequeñas compañías que, de manera inteligente, aprovecharon el lenguaje expresionista que venía llegando del extranjero en esa época para librarse de los ojos de la represión, ocultando en la abstracción su carácter político denunciante (Pérez Soto, 2009). Cifuentes (2005) agrega que estas compañías surgieron de la disolución con las grandes instituciones: “hay quiebres con las academias que se mantienen ligadas al Estado y también con sus técnicas, nace la performance y se crea un discurso de protesta (...)” (p. 4). De acuerdo con Pérez Soto (2009), la época oscura provocada por el régimen militar y los episodios constantes de asesinatos y tortura decayó para el final de la década de los 70, y con ello sobrevino un miedo amenazante propio del silencio, a la vez que comenzó a gestarse poco a poco la rabia y un malestar generalizado en la población a raíz de los crímenes e injusticias cometidas. Esta rabia acumulada finalmente estalló en las protestas sociales que se desataron en 1982; la gente había perdido el miedo y la danza salió a las calles. La temática que se abordó fue un discurso político y de protesta en contra del régimen y una de sus mayores exponentes resultó ser la hija de Patricio y Joan, Manuela Bunster, quien formó el grupo de danza Calaucán en Concepción en 1982 (Cifuentes, 2005). “Se insertó finalmente el bailarín como un actor social, el cual buscó no solo mostrar la realidad sino también mejorarla” (Cifuentes, 2005, p. 29). Se abrió así en Concepción un nuevo foco en que las artes reunidas, música, teatro y danza, en el pequeño taller Pucalán, preparaban distintos números con una seriedad y compromiso político que atrajeron la mirada de Patricio Bunster, quien viajó en varias ocasiones a dirigir montajes que se llevarían a cabo en distintos escenarios de la ciudad penquista, pero por sobre todo en la calle (Aste et al., 2009). 25 Como Cecilia Godoy relata: Llegó el maestro y había muchas ganas de trabajar, en todos los aspectos, y de unir el arte y el aspecto político y así nace el talle y así nace el grupo... algo más social, dentro de un asunto muy profesional. Había dedicación y responsabilidad... y entonces, somos los inventores de una nueva forma de mostrarse, de construir imágenes, de hacer un arte comprometido donde era la calle uno de los escenarios fundamentales, donde ocurrían todos estos hechos, estos deseos, estas creaciones, esta especie de autoliberación de la dictadura, este desahogo. Así nace el Pucalán, y luego -un nombre de Patricio- los brotes rebeldes: Calaucán. (Aste et al., 2009, p. 36) Surgieron también en la capital compañías distinguidas como Andanzas con Nelson Avilés, el Ballet Contemporáneo de Santiago con Mario Bugueño, el Grupo Calle con Vicky Larraín, entre otros (Pérez Soto, 2009). El rencor y la rabia que había dejado la dictadura hizo explotar la creatividad y la manera de hacer arte, en un contexto en que el Estado no financiaba estas actividades culturales. Esta nueva generación de artistas unidos puso de manifiesto el grito político chileno en todo el mundo, lo que causó gran interés en el extranjero por todo lo que estaba sucediendo en el país. Chilenos radicados y/o exiliados en el exterior volvieron al territorio con nuevas influencias, entre ellos, Carmen Beuchat, quien iba y venía de Nueva York, ejerciendo gran influencia para las y los incipientes coreógrafos del país, y Patricio Bunster y Joan Turner, quienes, al volver del exilio en 1985, formaron la compañía de danza Espiral en El Café del Cerro (Pérez Soto, 2009). Respecto a este hito, Elisa Garrido señala en Alcaíno y Hurtado (2010) que: 26 La danza independiente como proyecto lo forman y le dan nido Patricio Bunster y Joan Turner. Fue algo político, y yo siento que eso es lo que no se ha entendido, porque nació políticamente. El Espiral en el fondo dio pie para que todos los grupos existieran, pudieran decir algo, tuvieran la posibilidad de expresarse en ese tiempo difícil. (Alcaíno y Hurtado, 2010, p. 115) La cultura, el arte y la danza vivieron una época de fervor creativo y político en los años 80. No obstante, la dictadura dejó de herencia una Constitución que promovía la desigualdad y el empobrecimiento de los fondos destinados a la educación y la cultura. Pérez Soto (2009) señala que de esta precariedad que vivían el arte y sus instituciones, surgió la necesidad de crear una medida de apoyo que revirtiera la situación y permitiera solventar las necesidades artísticas, por lo que se creó el Fondo Nacional de las Artes (FONDART) en 1992. El mismo autor dice que “la gran actividad y diversidad de los años ochenta, se fue restringiendo poco a poco a una multitud de proyectos, acotados y temporales, generados por y para obtener los financiamientos del FONDART”. Pero tal como reflexiona Lisette Schwerter, “¿cuán independiente es un colectivo o compañía de danza si sólo tiene como posibilidad de financiamiento la obtención de fondos concursables ofrecidos por el Estado?” (Schwerter, 2019, p. 544). Lo que distingue a la danza independiente en Chile es su divorcio de las instituciones, pero el trabajo siguió haciéndose de manera colectiva. A lo anterior se agrega que en esta transición a los 90 y la vuelta a la democracia, se generó cierta confusión entre las y los artistas, como una pérdida del propósito que hasta entonces era político. Mariela Raglianti, bailarina entonces del Calaucán dice “(...) lo propiamente artístico comenzó a gestarse entonces en esta nueva época. Como no había dictadura, cada uno piensa ¿a qué me dedico ahora? (...) Cambia el paisaje, ya no estaba Pinochet.” (Aste et al., 2009, p. 51). La temática de 27 la danza entonces debió hacer referencia a sí misma, abordar a la danza, al cuerpo y al movimiento como ejes centrales (McColl, 2009). Colectivos sin financiamiento, independizados de sus antiguas instituciones, comenzaron en esta década a enfocarse en la formación de bailarines. Esto ocurrió en 1993 con el Calaucán en Concepción que, con ayuda financiera de la Municipalidad de la ciudad, llevó a cabo el proyecto de la “Escuela de formación de bailarines” de carácter gratuita a la que se audicionaba anualmente, para luego entrar a un programa de dos niveles en que se impartían ramos de eukinética, coréutica, técnicas clásica y moderna, improvisación, composición y análisis del movimiento. Similar al enfoque que le estaba dando el Centro de Danza Espiral en Santiago con su plan integral de educación para bailarines, el cual significó un gran apoyo para el Calaucán, con la presencia de Joan, Manuela y otros destacados bailarines como Mario Lorenzo Muñoz, Jorge Olea, Valentina Pavez y Rodrigo Fernández, que en distintas ocasiones viajaron a dictar clases y realizar trabajos compositivos con las y los estudiantes penquistas (Aste et al. 2009). La creación del Área de Danza de la División de Cultura del Ministerio de Educación el año 2001, siguió potenciando esta institucionalización de la danza en programas educativos escolares y en programas que aportaron a su difusión y creación (Zapata, 2004). A este nuevo milenio se sumó la llegada de mayor tecnología que permitió renovar la escena dancística, desde la suplantación del eterno cassette por un reproductor en computador, hasta propuestas de instalaciones puestas en la misma escena (Fernández, 2016). Asimismo, el intercambio comenzó a darse de manera más fluida gracias a la creación en 1999 de la Red Sudamericana de Danza (RSD), que “instala desafíos y consigue crear nexos e intercambios entre los países de la región, así como al interior de cada uno de ellos” (Schwerter, 2019, p. 549) En conclusión, como se ha descrito en párrafos anteriores, es pertinente destacar que el vínculo entre danza y política es histórico en nuestro país, pues la 28 danza se hizo cargo de su compromiso social activamente, instando a la democratización del acceso a la cultura, en especial por parte de los sectores populares, y la denuncia de las injusticias y crímenes cometidos sobre todo en dictadura. De la misma manera responde a la política, en la medida en que del financiamiento de lineamientos públicos (fondos concursables, apoyo municipal, etc.) depende en gran parte el sostenimiento de los espacios en que se desarrolla su práctica, sea este destinado al trabajo propio de compañías y/o a instituciones de educación universitaria y formación en danza. 4.2.2 Políticas públicas Como se adelantaba en el apartado anterior, la Constitución de la dictadura, que aún sigue vigente, dejó en desampara al sector de la cultura y las artes. A raíz de esta inminente precariedad, el Consejo Nacional de Cultura y las Artes denuncia en el documento de Política de fomento de la Danza 2010-2015, que la producción e investigación en las artes escénicas y específicamente en danza, debió gestarse de manera más bien independiente, sin el apoyo de instituciones, sustentándose únicamente con fondos concursables y con financiamiento de parte de privados, lo que ha provocado un panorama de profunda inestabilidad económica. A esto se le suma el problema histórico de la centralización de proyectos y compañías en la Región Metropolitana, lo que ha dejado aún más a la deriva a las y los artistas de las demás regiones. Este escenario de precariedad de la danza que describe el CNCA (2015) ha sido sintomático e histórico. Una medida que implementó el Estado en 1992 para apalear el desamparo económico a las iniciativas de arte fue la necesaria creación del Fondart, fondo concursable a nivel nacional y regional que busca solventar la investigación y realización de proyectos del ámbito creativo e investigativo en artes. En el documento de Política nacional de artes escénicas presentado por el Ministerio de 29 las Culturas, las Artes y el Patrimonio para el período entre 2017 y 2022, se describe que: El Fondart Nacional cuenta con la Línea de Fomento a las Artes Escénicas, que desde la convocatoria 2016, tiene un presupuesto específico asignado de forma particular y considera los dominios de teatro, danza y artes circenses, e incluye el folclor y la ópera. En el Fondart Regional, en tanto, el teatro, la danza y las artes circenses se financian mediante la Línea de Creación Artística (que también incluye a las artes visuales, la fotografía y los nuevos medios), pero sin un presupuesto específico asignado a cada disciplina, lo que implica una mayor competencia por los mismos recursos. (Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, 2017, p.60) Siendo el Fondart uno de los pocos medios que existen en Chile que permite a las y los artistas seleccionados financiar y sacar adelante sus proyectos, la convocatoria y, por lo tanto, la competencia por adjudicarse un lugar en la lista es enorme y requiere seguir una serie de procedimientos burocráticos de manera rigurosa. Luis Eduardo Araneda en Alcaíno y Hurtado dice respecto a esto que “muchos se quedan esperando un financiamiento para crear (…) yo gané un Fondart y nunca volví a hacer proyectos para fondos porque no fue una buena experiencia por toda esa cuestión burocrática” (Alcaíno y Hurtado, 2010, p. 113) Dentro de la línea operativa del Fondart, como se mencionaba anteriormente, destaca también otras iniciativas públicas de apoyo al desarrollo de la práctica e investigación de las artes escénicas, como el Fondo de Artes Escénicas, de carácter concursable y que opera de manera más específica, promoviendo la realización de programas formativos, investigación, creación escénica, circulación nacional, remontajes escénicos, festivales y encuentros, entre otras categorías, destinados exclusivamente a circo, danza, teatro, ópera, narración oral y títeres. 30 4.2.3 Organizaciones sindicales y gremiales de la Danza El área de las artes escénicas y en particular de la danza se considera no industrializada, lo que a lo largo de la historia ha dejado en abandono a este sector principalmente en su representatividad política. Recién el 2017 se aprobó la creación del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, lo que otorgó, en efecto, mayor autonomía a la hora de tomar decisiones respecto al trabajo artístico y su fomento, sin embargo, aún al interior del Consejo no existe un área específica para la danza, más bien se le incluye dentro del conjunto de las llamadas artes escénicas (Pavez y López, 2019). De esta falta de representatividad en el espacio político, surge la necesidad de convocar a organizaciones sindicales y gremiales y a redes de la danza, donde se puedan discutir las problemáticas y necesidades del quehacer dancístico de manera directa. La Constitución chilena vigente hasta el año 2021 garantiza los derechos de las y los trabajadores a organizarse, con la finalidad de velar por sus derechos e intereses de manera representativa. Los sindicatos de oficio, en particular, son aquellos que reúnen a las y los trabajadores del mismo rubro, como ocurre en la danza y en las artes no industrializadas en general. En 1990, 42 trabajadores de la danza conformaron desde esta necesidad el SINATTAD, Sindicato Nacional de Trabajadores Artistas de la Danza, cuya convocatoria es a nivel nacional, siendo su actual presidenta electa Paola Aste, destacada bailarina coreógrafa de Concepción. No obstante, existen también otras organizaciones en el territorio nacional, como el Sindicato de Trabajadores Independientes de la Danza de Valparaíso, Sindicato de Danza de la Araucanía (Sindarau), Red de Trabajadoras de la Danza, Red 31 Nacional de artistas y gestores de la Danza Contemporánea (DanzaSur), Corredor Danza Valparaíso, Red Danza Ñuble, Red Danza Bio Bío, entre otros. 4.2.4 Profesionalización en danza La formación profesional universitaria de un artista en el área de la danza en Chile comienza alrededor de los 17 o 18 años, edad en la que se admiten los ingresos a instituciones de nivel superior. De acuerdo al Consejo de la Cultura y las Artes (2015), la Escuela de Danza de la Universidad de Chile antiguamente permitía el ingreso a la carrera de Intérprete en Danza desde los 9 años, y hasta el 2020 existía al menos un año de preparación previo a la carrera profesional, en el que podían ingresar jóvenes que cursaran desde 4to año de educación media; no obstante, posterior al inicio de la pandemia Covid-19, esto también se eliminó y el ingreso para el 2022 será de manera directa a la carrera profesional. De aquí la importancia de las instituciones universitarias en la profesionalización de la danza en Chile. Si se quiere recorrer de manera cronológica: 1941: Escuela de Danza de la Universidad de Chile 1982: Dancen Escuela Karen Connolly, Instituto Profesional 1985: Centro de Danza Espiral, posteriormente asociado a la Escuela de Danza de la Universidad Academia del Humanismo Cristiano 1985: Escuela de Pedagogía en Danza de la Universidad ARCIS 2005: Escuela de Danza y Coreografía UNIACC 2008: Escuela de Danza del Instituto Profesional Escuela Moderna Sin información de fecha: Escuela de Danza de la Universidad Mayor Carrera de Interpretación en Danza de Universidad de las Américas Carrera de Coreografía y Pedagogía en Danza-Teatro de Universidad Bolivariana 32 *Escuela de Danza y Bailes Valero (Centro de Formación Técnica) Cerradas al 2021: Escuela de Pedagogía en Danza de la Universidad ARCIS Escuela de Danza de la Universidad Mayor Carrera de Interpretación en Danza de Universidad de las Américas Carrera de Coreografía y Pedagogía en Danza-Teatro, de Universidad Bolivariana Las salidas profesionales que se ofrecen actualmente en Chile son Intérprete, Coreógrafo/a y Enseñanza o Pedagogía en algunos casos. En las instituciones universitarias el proceso de postulación es similar, exigiendo la rendición de PSU o PDT y de un examen especial de admisión que contempla la evaluación de aptitudes físicas para la danza. Por otra parte, las herramientas que la mayoría de estas instituciones ofrecen a las y los estudiantes, consisten centrar al cuerpo como eje de reflexión y experimentación que permitirá generar conocimiento para el desarrollo artístico del profesional de la danza en su desenvolver individual y colectivo (Universidad de Chile, s.f.). Necesario es mencionar que todas estas escuelas, incluso aquellas que han cerrado, se encuentran en la Región Metropolitana, lo que deja entrever también la posterior concentración de profesionales de la danza principalmente en la capital del país. Esto correspondería a un síntoma indiscutible de la centralización de la cultura y las artes y de los recursos destinados a ellas (CNCA, 2015). Esto último es incluso observable en el mismo rubro en comparación a otras disciplinas artísticas: En términos presupuestarios, por ejemplo, si comparamos los recursos destinados a danza con el fondo sectorial de menor monto, como la música en este caso, nos encontramos con que para el 2006 danza contó con $352.824.115 en tanto que el Fondo de la Música tuvo $1.236.308.999. Es 33 decir, casi mil millones de diferencia, lo que da cuenta de una diferencia de recursos abismante. (CNCA, 2015, p. 37) De esto se desprende la precarización que es posible observar en los espacios no sólo formativos a nivel universitario de danza, sino en general, en términos de infraestructura y contrataciones de personal especializado (CNCA, 2012). Asimismo, el hecho de que, en contraste con otras carreras también de corte artístico, sean tan pocas las escuelas que impartan la carrera de danza, que a lo largo del territorio nacional se encuentren únicamente en la capital, y que sólo una de ellas sea de carácter estatal, mientras las demás corresponden a instituciones privadas. Por otra parte, existen también distintas instituciones y programas que contribuyen a la profesionalización en danza, que no pertenecen a establecimientos de educación superior. Ejemplo de esto son la Escuela de Ballet del Teatro Municipal de Santiago y el BAFONA que promueven un programa de formación continua para sus intérpretes desde edades tempranas. La primera de estas, además, ha realizado una importante labor a nivel territorial, pues a través de su programa de Escuelas Adjuntas se ha encargado de difundir su proyecto educativo en distintas ciudades del país, como Osorno y Concepción. Esta es precisamente una de las características más importantes de este tipo de formación alternativa a las instituciones universitarias, pues a diferencia de ellas se distribuyen por el territorio, abandonando en buena parte el centralismo sintomático de la disciplina dancística que se mencionaba anteriormente. Otro ejemplo de lo recién expuesto y que ha adquirido relevancia a nivel nacional, es el programa de formación desarrollado por Escénica en Movimiento, EM:FOCO. Al respecto, se señala que: 34 EM:FOCO tiene como objetivo activar y promover procesos de formación integral en danza contemporánea, fortalecer las prácticas escénicas desde la técnica y las habilidades expresivas, así como fomentar la capacidad reflexiva de interpretación y creación. A través de su malla curricular, desea formar bailarines/as conscientes de sus propios procesos desde el estudio, la investigación y la vivencia de la danza desde el cuerpo y las emociones. (Escénica en Movimiento, s.f.) En definitiva y en relación con lo mencionado, en Chile existen dos dinámicas en la formación en danza; la primera de ellas corresponde al sistema de educación tradicional en universidades o institutos, y la segunda, en cambio, responde más bien a la autogestión de Escuelas y compañías que proyectan programas de formación con sus mallas curriculares correspondientes, y que se caracterizan por su expansión en el territorio, aportando a la difusión de la danza en distintas regiones. No obstante, a pesar de los esfuerzos considerables que realizan estas escuelas y compañías, no se alcanza a cubrir realmente las necesidades educativas de todo el territorio, pues, por lo general, estos programas se llevan a cabo únicamente en las comunas más populosas o capitales regionales con mayor desarrollo artístico, dejando a la deriva otros sectores también importantes a los que la danza no llega. La falta de recursos destinados a la educación en danza y la invisibilización de esta realidad que se refleja en el administrar estatal, atañen de manera directa al estudiante bailarín a lo largo de su carrera profesional, pues no existe un compromiso efectivo con su proceso formativo. Y desde este lugar, para la presente investigación es de completo interés la experiencia del bailarín como sujeto político en su paso por una institución universitaria. 35 4.3 Cuerpo y danza en movilizaciones chilenas En el sistema neoliberal imperante, las calles de las grandes ciudades y centros urbanos actúan de arterias que transportan al ciudadano trabajador, peón base que sostiene la economía. Paralizar, por ende, la circulación de estas arterias incluso momentáneamente, como ocurre con las marchas, es irrumpir directo en el modelo económico; un acto simbólico, significativo, que exige un cambio refundacional político-institucional-social del país (Garretón, 2012) y que necesita hacerse visible en su manifestación para provocar una respuesta y conseguir la reivindicación de sus derechos. Scribano y Cabral (2009) señalan que “la acción colectiva misma es una búsqueda de visibilidad, de hacerse notar por parte de los ex ciudadanos, de los expulsados y expropiados de sus voces y de otras materialidades” (p. 131). Y esta visibilidad colectiva se conseguiría a través del cuerpo reapropiándose del espacio público en las manifestaciones. Diana Taylor (2012) agrega al respecto que “desde la década del ’60, los artistas han usado sus cuerpos para enfrentarse a los regímenes de poder y las normas sociales (...)” (p. 9). Vinculada la acción al arte se convierte en “artivismo”, neologismo utilizado desde el Big Frente Zapatista desde fines de los ’90. Por otro lado, de este hacer acción a través del cuerpo, deviene la performance que conceptualmente engloba también otras de las expresiones dancísticas que se abordarán en este apartado. 4.3.1 Performance en Chile La palabra performance es un concepto complejo, pues no significará lo mismo para un antropólogo que para un artista, y ni siquiera dentro del arte, será lo mismo para un artista europeo que para uno latinoamericano. En este último sentido, Taylor (2012) hace hincapié en que la palabra performance ni siquiera tiene traducción exacta al español, y que en Latinoamérica se utiliza como arte-acción /accionismo / 36 ejecución, arte ligada a la manifestación política como transmisión de cultura, historia y conocimiento a través del cuerpo. Dirigiendo la mirada más específicamente hacia Chile, Taylor (2012) rescata el trabajo de Raúl Zurita en plena dictadura en el CADA (Colectivo Acciones De Arte), quien se refiere a las intervenciones realizadas en el espacio público chileno no como performance, sino como su equivalente que vendría siendo “acciones” o “acciones de arte”, indicando que: A una dictadura se le oponen acciones, no performances, porque la palabra acción corroe las fronteras entre lo político y el arte. La acción de arte fue entendida directamente como una acción política y el artista que hacía acciones de arte fue entendido como un activista político, sin medicaciones. (Taylor, 2012, p. 38) Aunque la autora discrepa en este sentido de Zurita, pues el término acción no considera las esferas económicas y sociales que también envuelven a los individuos y su corporalidad, como lo son la sexualidad, la identidad de género o el racismo, a diferencia de la performance o el performar, que sí abarca estas dimensiones (Taylor, 2012). Las primeras performances o arte-acción realizadas en Chile son las que llevó a cabo el CADA. Una de las más referidas es “Para no morir de hambre en el arte” y se remonta a octubre de 1979, cuando el colectivo repartió bolsas de leche con mensajes alusivos a la política de Salvador Allende en la comuna popular de La Granja, hecho que fue ampliamente difundido por revistas de arte de la época (Reyes, 2012). 37 Por otro lado, un fenómeno performático más reciente, es el flash-mob; este tipo de performance se caracteriza por reunir a un gran número de personas entorno a un mensaje político en común, que crea o recrea una situación, escena cinematográfica o baile coreografiado de manera creativa, lo que estimula la participación de más individuos a través del sentido de comunidad que genera. Además, por lo general es ampliamente difundido por redes sociales por transmisiones en vivo o videos, impactando no sólo a los espectadores que se encuentran en el lugar presenciando la acción, sino también a aquellos que acceden desde las redes sociales, lo que aumenta su potencial de impacto (Albacan, 2014). Uno de los flash-mob de mayor impacto mediático en Chile, fue el comentado “Thriller por la educación” basado en el video y canción de Michael Jackson, interpretado masivamente en las marchas del 2011. Los zombies de Michael Jackson constituyeron la clara expresión de los efectos corporales de la postura neoliberal de gobierno hacia la educación: estos muertos-vivos dieron cuenta de cómo la política educacional del gobierno extrae toda la energía vital de quienes de otra manera serían seres joviales y llenos de vida. (Fuentes, 2015, párr. 4) Dentro de una línea similar, siguiendo a Bacci (2020), en el 2019 en el marco del estallido social y la lucha feminista por mujeres que denunciaban abusos y violaciones por parte de la institución de carabineros de Chile durante las mismas protestas, el colectivo interdisciplinario Las Tesis presentó su performance “Un violador en tu camino”, que incluía un himno y una coreografía a modo de denuncia que consiguieron atraer a miles mujeres del movimiento feminista a lo largo del país, llegando incluso a reproducirse en otras partes del mundo en distintos idiomas. 38 El estallido social del 2019 sin duda fue un escenario en el que distintos performers y colectivos convivieron por un fin político en común. Ejemplo de esto fue Cecilia Vicuña, que en homenaje a las y los jóvenes que perdieron sus ojos en medio de las movilizaciones debido a la acción policial desmedida, gestó la performance titulada “El veroír comenzó” de carácter ritual y más bien pacífico en el Centro Cultural Gabriela Mistral (Barros, 2019). Por su parte, el colectivo Yeguada Latinoamericana compuesto por mujeres y disidencias trans y no binarias, actuó de manera más bien irreverente y confrontacional presentándose frente a Carabineros o la Iglesia Católica incluso durante el toque de queda, en ocasiones en que con el cuerpo semidesnudo o totalmente al desnudo “mostraron sus colas de yegua en las barricadas, encendieron bengalas en la entonces Plaza Italia, y rayaron en la calle ‘Estado de Rebeldía’” (Reyes, 2020, párr. 18) En definitiva, la performance o el arte-acción del CADA no ha dejado de estar presente en los movimientos sociales chilenos desde su llegada a fines de los ’70. Es más, cada vez van en aumento estas manifestaciones artísticas de distinta índole en el espacio público, sean más bien festivas como algunos flash-mob o rebeldes y provocativas como la Yeguada Latinoamericana, todas tienen el mismo objetivo en común: poner el cuerpo de manifiesto para denunciar y reivindicar los derechos expropiados. 4.3.2 Pasacalle andino y comparsas Grupos de bailarines con vestimentas coloridas siguiendo un son carnavalesco, se presentan en filas no sólo en el norte del país, sino también y cada vez más en las movilizaciones sociales a lo largo de Chile. Fernández (2011) declara que “la danza es ante todo en el mundo andino un espacio ritual, festivo, un universo simbólico en el que se construye un sentido de pertenencia y apropiación de una colectividad con sus prácticas culturales” (p. 13), sentido que les ha permitido resituarse y reapropiarse del espacio público de la ciudad con un carácter político. 39 La historia de la danza andina en Chile no difiere mucho de lo ocurrido en dictadura con la danza contemporánea, pues mucho antes, producto de la colonización tuvo que replegarse a las clandestinidades de una sociedad evangelizada bajo el catolicismo, que consideraba su práctica como diabólica. Actualmente, por el contrario, se presenta en carnavales sosteniendo imágenes religiosas de la Virgen de la Tirana o de Ayquina (Fernández, 2011). Una de las danzas andinas más representativas y que está presente en las manifestaciones sociales del país es el tinku, proveniente de las comunidades indígenas de Bolivia. Siguiendo a Fernández y Fernández (2015), en ella se incorpora el enfrentamiento corporal entre sujetos a fin de resolver conflictos de toda índole, sea territorial, política o incluso amorosa. Así es como el tinku envuelve todas las esferas de una comunidad, desde el hacer política: (...) nos ubica en un espacio de encuentro resignificado desde el contacto entre cuerpos que dialogan desde y en el conflicto. Se comparte, se encuentran oposiciones, dos voluntades que generan un nuevo cuerpo, un cuerpo social. Por esto, más allá de un mecanismo de regulación de conflictos es un tipo de acción y relación social determinada por la reafirmación a una identidad comunitaria. (Fernández y Fernández, 2015, p. 63) A raíz de este entrecruce de elementos, desde el 2007 el tinku se emplaza directamente dentro del contexto de las movilizaciones sociales para visibilizar la lucha de los pueblos indígenas principalmente, y a la vez haciéndose parte del colectivo social mayor al pronunciarse en contra del sistema neoliberal y patriarcal. 40 Con el tinku asociado a la movilización y a la protesta se crea el concepto de tinkunazo, en que personas de distintos grupos danzan de manera conjunta en marchas, actos políticos, culturales, eventos sociales, conmemoraciones y festividades, pero, sobre todo, en ámbitos reivindicativos como las marchas por los pueblos indígenas, por el agua, por las luchas poblacionales y estudiantiles. (Fernández y Fernández, 2015, p.67) De esta manera, los tinkunazos y otras expresiones dancísticas de origen andino, han logrado acaparar las miradas de los espectadores de las marchas con sus carnavalescas presentaciones, reclamando el territorio de los pueblos originarios y promoviendo el mensaje político común a todos. Siguiendo a Rosa Jiménez, bailarina destacada por su participación en comparsas, quien relata su paso por la historia de estas a fines de los 90 e inicios del 2000: Estos espacios convocaban a nuevas personas a hacer danza desde el soporte del tejido social, saliendo de las lógicas tradicionales de aprendizaje de un baile en una academia y presentación de un escenario. El bailar en la calle por más de dos horas seguidas, en recorridos que permiten habitar sensiblemente un territorio, junto a un contexto de significación colectiva pues hay un sentido de celebración, comenzaba a generar una nueva identidad de danzantes, surgían los bailarines de carnavales en Santiago. (Jiménez, 2019, p. 328) La misma autora y bailarina señala cómo en sus inicios las influencias de la danza calle carnavalera provenían en gran medida del extranjero con el afro, los ritmos brasileños de la samba, y la danza andina-boliviana, a la vez que existía un 41 profundo interés por investigar un ritmo auténtico nacional. De este interés por reivindicar lo propio es que en el 2006 fundó la Escuela carnavalera Chinchintirapié, “la cual tiene como tambor base en su montaje de carnaval el bombo chinchinero, tambor que nos permite diferenciarnos de las batucadas” (Jiménez, 2019, p. 333). El repertorio de esta escuela abraza el mestizaje que caracteriza a la danza carnavalera chilena, resignificando y llevando la cueca, la cumbia y la ranchera a las calles en un tono festivo, a la vez que promueve un sentido de comunidad, lo que permite que se adapte a distintos contextos sociales y políticos. El principal escenario de estas expresiones carnavaleras es, en efecto, la calle. Al respecto Jiménez (2019) concluye “las calles florecen de bailarines que escogen este escenario para expresar su derecho al arte, a sentir, a expresar y resistir un modelo que atomiza en el juego del consumismo, la individualidad y los valores del capitalismo descarnado” (p. 334). 42 5. Marco Metodológico La presente investigación se desenvuelve sobre las artes, pues se articula en la reflexión sobre la práctica interpretativa de las y los bailarines, abordada desde la distancia teórica que separa la percepción personal de la investigadora del objeto a investigar (Borgdorff, 2010). Es precisamente este carácter reflexivo sobre la acción y su interpretación al que refiere Borgdorff (2010), el que permite que esta investigación arroje resultados más o menos objetivos, que permitan encontrar los puntos en común que conectan la práctica de cada intérprete en el contexto de movilizaciones sociales y responder la pregunta central de la investigación. Esta investigación se posiciona desde la hermenéutica, en tanto es la experiencia de la práctica interpretativa desarrollada por la o el bailarín, y cómo esta se ve modificada dentro del contexto de las movilizaciones, en relación con su proceso formativo profesional, el principal elemento configurador de la aproximación al conocimiento. Además, dada esta subjetividad que supone la experiencia de las y los bailarines, interpelados por el acontecer de las manifestaciones políticas, es que esta investigación se sostiene en el aspecto cualitativo. Bergh (1989) se refiere a esto último y dice “el análisis cualitativo surge de aplicar una metodología específica orientada a captar el origen, el proceso y la naturaleza de estos significados que brotan de la interacción simbólica entre individuos.” (citado en Ruiz, 2012, p. 15). Como se ha afirmado a lo largo de esta investigación, el sujeto de estudio para este caso son las y los bailarines que se encuentran en o han vivido un proceso formativo de danza en Chile durante las últimas décadas. Esto es dado al interés de abordar el entendimiento de la práctica interpretativa, desde las formalidades que entregan las distintas instituciones formales y no formales a la educación de las y los intérpretes en danza, de modo que exista un entendimiento y lenguaje técnico 43 similar en el universo de la práctica. Asimismo, desde la realidad del ser estudiante o haber vivido un proceso como tal, es posible comprender de mejor manera la experiencia de la práctica interpretativa de danza en las movilizaciones que, como se adelantó en los antecedentes de esta investigación, convoca a diferentes disciplinas y personalidades. El propósito de centrar la observación sobre las y los bailarines que han experimentado un proceso formativo profesional, es obtener de ellas y ellos la particularidad de sus vivencias en la práctica interpretativa dentro del contexto de movilizaciones. Es en la experiencia, como se mencionó anteriormente, desde el ser artista en formación y ser artista intérprete, donde se enlazan los ejes sujeto- práctica-contexto que sostienen la presente investigación y que darán respuesta a sus objetivos. De acuerdo con lo anterior, es que se definirá entonces como unidad de muestra a seis bailarines e intérpretes escénicos entre mujeres, hombres y no binarios, de rango etario indefinido, que en los últimos 20 años se hayan dedicado profesionalmente a la danza, y cuyo principal requisito es que hayan participado en manifestaciones políticas con intervenciones de danza y/o performance. Este grupo se distribuirá de acuerdo con dos categorías: 3 intérpretes que hayan recibido una formación en danza en establecimientos educacionales secundarios por al menos dos años, y 3 intérpretes que se hayan formado en espacios no convencionales, como lo son los programas de formación, escuelas de compañía y la formación autodidacta. Otro elemento a considerar son las y los informantes claves provenientes de otras disciplinas artísticas distintas de la danza, que opinen respecto del proceso formativo dancístico, entregando una mirada desde afuera que pueda enriquecer también la información que se obtenga en esta investigación. Para obtener la información experiencial de la práctica interpretativa en las movilizaciones, será de utilidad proponer entrevistas semiestructuradas. Estas deberán convocar personalmente a participantes activos en las manifestaciones 44 sociales de tipo performance y/o dancísticas, entre ellos a grupos de estudiantes universitarios de danza, bailarines profesionales y profesionales de otras disciplinas ligados a estas expresiones, a fin de obtener un universo de experiencias compartidas para su reflexión. Por último, la técnica de análisis corresponderá al análisis de contenido que contempla la totalidad de las respuestas de las y los entrevistados, identificando las distintas percepciones y perspectivas que estas ofrezcan a la investigación desde el abordaje de la experiencia personal de cada uno, procurando mantener el espacio sensible propio de la danza. 45 6. Análisis En el presente capítulo se analizará la recolección de información obtenida en el estudio de campo, de acuerdo con los parámetros de muestra ya expuestos en el capítulo anterior. De los resultados se desprenden tres grandes categorías: En la categoría formación en danza se hace énfasis en los distintos procesos de formación y en cómo esta diversidad ha influido en el lenguaje y en el quehacer en la danza de cada uno de los entrevistados. Aquí se observan más bien aspectos de tipo biográfico que han permitido construir, de una u otra manera, distintos puntos de vista de habitar la danza, del ejercicio de la interpretación y de la relación con su contexto. En relación con lo anterior, se desprende la segunda categoría que aborda el significado personal de la práctica interpretativa y que da cuenta de las nociones conceptuales del interpretar o ser intérprete y de las herramientas necesarias para su ejecución. Se establecen relaciones o no con las experiencias formativas de cada entrevistado, sea que haya recibido una formación de tipo universitaria o más bien no convencional, como lo son los programas de formación. En última instancia surge la tercera categoría que entra de lleno a la problemática de esta investigación y que comprende la inserción de la danza en la sociedad, desde la percepción de cada entrevistado del rol de la danza en la comunidad y su experiencia aplicada en el espacio calle y las manifestaciones sociales de las últimas décadas. De manera más específica, de cada categoría se desprenden sub - categorías que recogen las experiencias sustanciales de las y los que fueren entrevistados en este apartado. 46 En primer lugar, la categoría formación en danza desglosa en tres subcategorías a analizar: Primeramente, es necesario destacar el rol de los programas de formación en danza en regiones distintas a la Metropolitana a lo largo del país. De acuerdo con los resultados obtenidos, de las dos entrevistadas que residen en regiones, la totalidad se profesionalizó en danza a través de estos programas formativos, dada la inexistencia de instituciones universitarias que impartieran la carrera en el territorio. “Empecé a los 16 a bailar en una academia de ballet y de danza que había en Copiapó (...) Y cuando llegué a Conce, el primer semestre dije ya, mechona, voy a carretear, vacilar, pero igual con la intención de entrar a bailar algo, y justo en las vacaciones de invierno de ese año, fue el 2012, entré a un FAE en el Balmaceda Arte Joven, y este FAE lo dirigía la Juanita Paz Saavedra, la loka juana, y entré a bailar ahí y era un FAE que igual era super completo, era 3 veces a la semana, la continuidad la daba la Juanita, pero todos los meses teníamos un profe distinto entre medio, y ahí tuve teatro físico, video danza, butoh, y el troncal era danza moderna que lo hacía la Juanita (...) salió el proyecto de la Juanita, el de formación, y ahí nació el elenco Lokas Juanas y eso hizo que yo no me fuera de Conce, entonces yo dije voy a poder estudiar antropología y voy a poder bailar (...)” (E3R1) La inexistencia de la carrera de danza en instituciones universitarias en regiones distintas a la Metropolitana no se deben a una falta de demanda, como ocurre en ciudades como Concepción, donde año a año existen organizaciones que imparten programas de formación en danza como actualmente lo hace Escénica en Movimiento con el EM:FOCO (Escénica en Movimiento, s.f.), sino más bien obedece a la centralización de la cultura y las artes en la capital del país, que provoca año a 47 año la migración de una parte importante de la población de regiones hacia Santiago para poder realizar sus estudios superiores de manera acreditada en casas universitarias, esto de acuerdo al diagnóstico del área de la danza realizado por el CNCA (2015). La segunda de ellas recae en la importancia de la aproximación inicial a la danza a través de talleres impartidos en colegios y academias que permiten el acercamiento de esta a niños, niñas y adolescentes. En 5 de los 6 entrevistados en total, su camino de formación partió precisamente en actividades escolares y talleres de danza en academias, de los que rescatan su importancia en la posterior decisión de la profesionalización en esta área artística. “(...) desde chica siempre me gustó bailar como en la niñez o después en el colegio en las coreos de la alianza que era como el momento para bailar, como que siempre noté que me gustaba (...) y ya empecé a bailar más como en el 2010, 2011, que fue cuando en una marcha con mi hermana vimos como una agrupación de tinkus y nos interesó mucho como la forma en que se movían, como no buscando algo hermoso, bello, sino que era así como de guerra, confrontacional, tirando patadas, saltos, combos, y nos gustó y ahí mi hermana le preguntó al que se veía el cabecilla y mi hermana le preguntó oye qué onda esto y él la invitó a un ensayo esa misma semana(...) y ahí bailé mucho en la calle, mucho, mucho, mucho, desde el 2010 como por 8 años bailando en carnavales, en carnavales sobre todo, sobre todo con un sentido social, eso es como yo aprendí a bailar, como bailar por algo (...) hasta que me di cuenta que yo sólo había sido feliz bailando y ahí fue cuando mi inquietud fue muy grande, como a los 23 años, y decidí meterme a danza. Di la prueba para meterme a estudiar a la Academia del Humanismo Cristiano, al Espiral, y quedé y ahí dejé mi carrera anterior, cambié y volqué mi vida hacia la danza.” (E6R1) 48 Como se evidencia en este relato y en la mayoría de los casos entrevistados, la experiencia dancística previa en academias y colegios ha sido fundamental en la decisión de estudiar danza, sea en instituciones universitarias tradicionales o instituciones colaboradoras en programas formativos. Un tercer punto importante es la influencia de la formación en danza en el lenguaje propio de cada entrevistado. En este punto los resultados arrojan la importancia de la historia y del quehacer individual a la hora de abordar la danza y la búsqueda de su propio lenguaje, pues “todo te va formando (...) Para mí también es super relevante mi formación como trabajadora social y también mi generación (...) Mi formación me ha hecho ver varias dimensiones de la danza” (E2R2). En el marco de esta reflexión también se señala: “(...) ahí vino todo un proceso de entender la danza como expresión cultural territorial y más el cruce con la reflexión de mi propia historia identitaria, viene una necesidad de estudiar la danza como expresión social, cultural, espontánea, religiosa, popular, folklórica, étnica.” (E2R5) Se percibe la danza no como un oficio aislado, sino como una dimensión más de la vida de cada intérprete que se entrecruza constantemente con las otras dimensiones y visiones de su historia personal. En relación con lo anterior emerge la segunda categoría significado personal de la práctica interpretativa, para lo cual resulta necesario generar una aproximación inicial al concepto mismo de interpretación, desde donde se desprende la primera de cuatro subcategorías y que define la interpretación como un canal de comunicación. Esta noción la profundiza Molina (2015) señalando 49 que, en efecto, la danza es un canal de expresión y exteriorización a través del cuerpo de la percepción propia del mundo. “Quizás podría decirse que es como una especie de canal expresivo, comunicativo, o incluso a veces solamente vomitivo de emociones, cosas, sensaciones, problemáticas, para mí ser intérprete de danza o intérprete escénico es como llevar a la carne y exteriorizar a través de la carne las distintas emociones, sensaciones, pensamientos que podamos tener, para mí es eso, como una especie de canal” (E5R4) “(...) es que es muy bonito el fenómeno del arte del presente, cuando hay otra persona prestándote atención a lo que tú haces, dices, bailas o cantas y le pasan cosas con eso porque es un acto de comunicación, entonces generas un mini vínculo en ese micro segundo en donde empatizaste o la odiaste o te odiaron, generaste como un match con alguien que en tu vida conociste” (E4R4) Siguiendo esta misma línea que conecta la práctica interpretativa con el mundo interno de cada intérprete, se desprende la segunda subcategoría habitar la danza. Esto último desde la concepción de Pardo (1992) que entiende el habitar como la acción de “estar en”, acción que, por lo demás, ocurre en una dimensión espacial, siendo ese estar en el hecho de existir y estar presente en el espacio. A esto relaciona un último factor, pues “el hecho de que nuestra existencia sea forzosamente espacial tiene, sin duda, que ver con el hecho de que somos cuerpo(s), de que ocupamos lugar” (Pardo, 1992, p. 16). Y en relación con el interpretar se entrecruza el habitar con la historia personal 50 “Yo siempre pienso que interpretar danza es habitar danza, es habitarla (...) tu historia también, la historia es super importante en la vida de un intérprete y eso te entrega herramientas para poder habitar la danza, para poder habitar el mundo que el otro te está pidiendo que tú habites, un compañere, un creadore, quien sea (...), porque es importante reconocerse cómo es une como intérprete, por eso es tan importante el trabajo personal que se hace en la investigación en la interpretación (...) mi forma de habitar la danza siempre va a ser distinta a la tuya, siempre, porque somos cuerpas distintas, tenemos otras historias, tenemos otras visiones, otros discursos con la danza (...)” (E1R3) De acuerdo con las dos subcategorías ya expuestas, la interpretación tiene distintos puntos de encuentro que se interpelan con la realidad y las percepciones personales de manera constante en su ejercicio, “(...) en el fondo cada vez que acontece la danza para mí es la realidad, está dada, no es una ficción o una representación (...), la interpretación es un lugar evanescente que está ahí dado, siendo, estando.” (E3R3). Una tercera subcategoría deviene de los resultados obtenidos y trata sobre pensar la danza como parte del ejercicio interpretativo “(...) este medio es tan complejo que vas a tener que pensar cómo hacer tu obra, no sólo cómo bailarla, tienes que pensar cómo hacer tu obra, reflexionar qué temas quieres trabajar, qué tipo de artista quieres ser, es mucho más profundo que mención en intérprete, no es sólo ser ejecutante (...). Entonces para mí ser intérprete es de verdad vivirlo todo, porque es prestar no sólo la cuerpa, sino también la biografía, la emocionalidad, las temperaturas, los estados, los ánimos, y cuando no está todo eso, entra la técnica para poder 51 salvar. Por eso también hay que dominar la técnica, pero es un todo ser intérprete, por lo menos para mí.” (E4R3) De la relación del ejercicio interpretativo con su contexto espacio, público, emociones, surge la cuarta subcategoría percepciones de lo interno y lo externo en la interpretación. En este sentido, Laban (1987) rescata de estos elementos configuradores de la interpretación, las relaciones interpersonales o, si se quiere, inter-corporales entre intérpretes unos con otros en el espacio escénico y la manera en que interactúan en la narrativa. De acuerdo con los resultados obtenidos en esta investigación, se obtiene que existen códigos que permitirán la comunicación entre intérpretes en escena en contexto espacio público: “El escenario del contexto de carnaval es super distinto porque estás siempre jugando con las fronteras, porque llevas un acuerdo con tu grupo, pero también sabes que si pasa algo tú tienes que interactuar con lo que ocurre en el momento (...) Entonces ahí el intérprete tiene que estar vivo a los códigos y a un montón de cosas que están cambiando porque estamos en la calle, y en la calle se cruza el perro, en la calle se achica la cuestión, de repente se cae alguien (...)” (E2R4) Respecto a las emociones y a la relación con el espectador en este ejercicio dual que supone el vínculo comunicativo, se dice que: “(...) es un juego, y al final es como manipular el espacio, el tiempo para lograr distintas cosas, a veces como que siendo intérprete me importa mucho más la sensación que le pueda causar al resto que la que estoy viviendo yo, y a 52 veces simplemente siento que es más importante lo que estoy sintiendo yo a cómo se ve hacia afuera (...)” (E5R5) “(...) lo bonito y que da mucho miedo de ser intérprete es que te expones, estás super vulnerable y al final el escenario es el único lugar donde tú eres, porque lo otro tú eres el personaje de hija, el personaje de polola, el personaje de profe, performando todo el rato, en cambio ahí si te equivocaste se te va a notar, no lo puedes evitar (...)” (E4R4) Es esta suma de capas superpuestas unas con otras que compone el ejercicio de la práctica interpretativa de acuerdo con la experiencia de bailarines, siendo el concepto de habitar la danza un factor en común entre los tres intérpretes que se han formado en instituciones universitarias. La tercera categoría comprende la inserción de la danza en la sociedad, relación que nace, como señala Pérez Soto (2008), de la base de que mucho antes de la cultura actual, allá por la época antigua tanto la danza como las pinturas en las cavernas o los cantos gregorianos no eran consideradas prácticas artísticas, pues estaban inmersas en el centro de la sociedad, no separadas de ellas ni menos en un nivel distinto o “elevado” como sitúa más tarde el imperialismo al arte. Desde entonces la danza se ha defendido como práctica cotidiana y del quehacer de una comunidad: “la danza sirvió como medio educativo y congregador, sirvió para formar y reforzar lazos sociales (...)” (Pérez Soto, 2008, p.32). “Por sobre todo somos seres muy colectivos, nunca no hay colectividad, uno piensa que somos super individuales, pero esa es una máxima observación dentro de la colectividad. Siempre somos cuerpo colectivo, solamente que nos hacen sentir que estamos individualizados, pero en realidad no, empíricamente hay cuerpos colectivos que transitan juntos en la calle, que 53 van a comprar al mismo lugar o a la panadería, siempre somos un rizoma los seres humanos, muy gregarios, solamente que la colectividad está enfocada para la generación de excedente, para la eficacia, para la explotación, entonces hay que recuperar las colectividades.” (E3R5) “(...) creo que la danza es importante en el sentido de que reivindica lo que más es atacado en la sociedad, reivindica el cuerpo y su expresión y el arte que pueda salir de él (...) y siento que la danza traspasa esos límites que nos hacen mal igual, como que desbloquea emociones, genera relaciones interpersonales, relaciones íntimas, vínculos concretos, vínculos profundos, eso siento que hace la danza. A nivel comunitario creo que es una práctica super noble el bailar.” (E5R6) De esta manera, se sientan los precedentes de la primera subcategoría de tres, que tiene que ver con la presencia de la danza en manifestaciones sociales. Pero la danza en la calle no aparece como un término puro, sino entrelazado con conceptos como intervención, carnaval, performance y artivismo. Estos últimos dos términos estudiados por Diana Taylor (2012), quien remonta la irrupción de los cuerpos en arte-acción en la calle a la década de los ’60. Esta subcategoría, entonces, más que presentar un cuestionamiento teórico entorno a la danza en manifestaciones, aborda las distintas percepciones, experiencias y sentires de las y los propios intérpretes que se manifiestan a través de la danza. “(...) desde siempre he estado metida bailando en manifestaciones, pero creo que la mayoría de las veces que he bailado, lo que he bailado ha sido pensado para la manifestación (...) y también he bailado en manifestaciones simplemente por las ganas de bailar, pero ha sido por la euforia del momento y como que se arma una especie de cypher y hay un batuque y todo el mundo 54 se mete a bailar y se baila y se disfruta la colectividad, y se celebra también el estar unides.” (E5R8) Y a pesar de la participación efectiva de bailarines en las movilizaciones sociales, distintos debates se generan en torno a la interrogante de si debiese o no la danza estar presente en medio de las marchas. Al respecto se señala que: “Yo creo que sí tiene lugar, no tiene lugar académico si, o una mirada occidental, yo creo que lo personal es político, y cuando los cuerpos salen a la calle salen con lo que tienen individual también, y esa individualidad es lo que les hizo elegir la carrera que eligen (...) y yo creo que el cuerpo está antes que el intelecto, y que el cuerpo piensa por sí solo, no a través del cerebro (...)” (E4R6) “Sí, porque son los lugares de lengua, del lenguaje de nosotros. Ahora también es poner de qué forma uno quiere que estén los cuerpos presentes, qué es la danza también, pero poner un cuerpo en ese estado, en ese lugar, qué significa. (...) tiene que estar presente porque es un lugar sensible también, un lugar que es capaz de tomar ciertos lugares y profundizarlos y llegar al corazón, al alma, sobre todo en momentos de protesta y movilización donde está todo mucho más alerta se cruza entre lo corporal y lo emotivo (...) entonces es importante que la danza, el teatro, la música tengan un discurso frente a eso que esté pasando, porque también son momentos de alivio, son lugares de alivio, son pequeñas islas de belleza dentro de la pena, porque el estallido también estuvo cargado de dolor (...)” (E1R6) “Creo que otra cosa es manifestarse a través de la danza y creo que eso tenemos que aprender a pensarlo un poco más, no es llegar y hacer algo bonito y bueno, también siento que hay momentos de manifestación donde 55 no hay espacio para nada más que la violencia, donde no hay espacio para nada más que el enfrentamiento y ahí creo que el cuerpo de un bailarín sirve mucho, pero no sé si es necesario que se esté bailando. Es que uno se puede manifestar de tantas formas distintas y hay tantos momentos en las manifestaciones, que hay momentos donde sí, donde son una euforia colectiva y al final una manifestación desde el placer o desde la alegría, desde el disfrute, donde sí caben todas estas cosas así como más divertidas, más carnavaleras, donde sí cabe todo, y de repente no y eso hay que aprender a distinguirlo, sobre todo porque si queremos manifest